viernes, 9 de noviembre de 2007

No fucking, only dancing.


El respirar se hacía pesado. Quizás era la mezcla del humo de cigarro, el olor a transpiración, a ese incienso barato que venden en la feria y que huele tan como la mierda, o tal vez el hedor que despedían las jarras de borgoña. La falta de oxigeno y mi avanzada borrachera se confabularon y se las arreglaron para hacerme olvidar en qué lugar estaba.

Dentro de mi inconciencia había algo claro, ese lugar no era el “Don Tinto”.

Lo primero que me hizo reaccionar fue el sillón donde estaba desparramado. Era un tapizado ordinario de leopardo, y tenía impregnado un repugnante olor a humedad, que seguramente provenía de la mezcla de cuerpos mórbidos tratando de alcanzar algo así como media hora de placer por compasión. El reflejo de la luz roja dio de lleno en mis ojos, todo gracias al espejo que adornaba el techo de mi particular habitación. La mesa de centro, adornada con velas y flores plásticas, conformaba una triste escena decorativa, pobre pero honrada hermana desconocida de vivienda y decoración. Habían algunos vasos medios llenos, una que otra botella de whisky barato y algunas monedas esparcidas por ahí.

Era cosa de esperar un rato y confirmar lo que ya era evidente. Uno a veces es demasiado ingenuo. Más que “ingenuo”, la palabra vendría siendo “idiota”. Por más que las cosas sean claras como el agua frente a tus narices, existe una estúpida esperanza que pretende confirmar lo improbable. Y bueno, yo esperaba no estar en ese lugar, también esperaba no haber hecho las tonteras que realmente hice, pero que más da, tengo el derecho a dudar, aunque las evidencias (tal como dicen en una serie televisa muy buena que he visto un par de veces) hablan por si solas.

Venía Maldonado con la camisa entreabierta, la corbata en la cabeza, aferrado a una descomunal e inconmensurable señorita, de esas a las que debes darle el abrazo de año nuevo desde Octubre. Venían bailando algo parecido a esa cumbia que se escucha en las micros. Esas que cuentan historias de amor trágicas, donde el novio pelea por el amor de su amada a punta de estoques, en medio de la plaza del barrio, esa misma donde han matado a niños y niñas por las peleas de narcos, y donde la policía prefiere no entrar.

El empeño que le ponía mi amigo era notable. En cada acorde restregaba su cara por esos senos morrocotudos, y presionaba ambas manos en ese trasero cuyas formas sencillamente no me parecía humanas. Lo hacía con rabia, con ganas de que algo se le olvidara para siempre. Y ese algo vivía en Italia desde hace ya un par de años. Ese algo seguramente pasaba las noches con el arquitecto milanés que conoció en un congreso por allá en España. Lo más probable es que ese algo se llamara Magdalena. No podía equivocarme, las evidencias estaban de parte mía.

Seguían su baile, él seguía peleando contra sus senos para olvidarse de la Magdalena, y ella ya se había asegurado por lo menos la plata para darle de comer a su hijo por dos o tres días. Para ambos era un negocio redondo, por lo mismo siguieron con sus cosas en la habitación que estaba con la puerta abierta. Entraron y no los vi más.

Mientras giro la cabeza para acomodarme nuevamente en mi delicado sillón, me pareció ver a un par de gringos bailando con una señorita bastante mejor parecida que la de mi amigo Maldonado. Cada uno con un vaso en la izquierda, y con la derecha manoseando la entrepierna de la dama en cuestión. Balbuceaban una que otra palabra en español, pero ese español imbécil que hablan los gringos, ese que sólo concibe los gerundios para expresar las ideas. En eso, la señorita se molestó profundamente. Debo suponer que era porque ninguno había cancelado los servicios correspondientes. Situación que a todas luces hacía que ella estuviera perdiendo precioso tiempo de su trabajo. Tomó las manos derechas de ambos y les dijo en un inglés casi tan estúpido como el español de los gringos. “No fucking, only dancing”.

De que tuvo un efecto, sí, lo tuvo. Las carcajadas de los tipos fueron gigantescas, tanto así, que fueron capaces de despertar a Martínez, quien llevaba algunos minutos reposando en la pieza del segundo piso. Bajó las escaleras algo mareado y subiéndose el cierre como quien lo hace saliendo del baño. Venía con ganas de pelear, de golpear a los que lo habían despertado de su reparador sueño. Cuando venía con todas las ganas de para en seco a los escandalosos, una mano delgada, adornada con anillos y pulseras baratas, lo tomó del hombro y lo devolvió al segundo piso. Seguramente, para ambos la noche no había terminado.

Ya todo eso me parecía muy extraño. Hasta el día de hoy pretendo convencerme que nada fue cierto, que todo era una borrachera más. Pero bueno, volvemos a la estupidez cuando las cosas son evidentemente ciertas. Definitivamente las evidencias ya no estaban de mi parte.

De pronto, siento que mi sillón se desnivela escandalosamente. Giro a mi izquierda, y veo a mi acompañante de turno. Siento sus manos en mis piernas, y veo su cara algo desarmada y sus pechos colgantes insinuándome algo más que un simple toqueteo. En eso, recurrí a la pizca de lucidez que quedaba en mis labios, y articulé una frase que me pareció sencillamente notable, la mejor que me pareció escuchar en toda la noche. La miré a los ojos pintados con sus bordes amarillos, y le dije: “No fucking, only dancing”.

La tomé de la cintura, y fuimos a bailar. Creo que fue lo más sensato que he hecho en mucho tiempo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Weon... Tu cuento tiene gusto a pichanga, a chela mala y todo.. Es terrible santiaguino, me gusta eso, tiene toda esa onda sordida-trasnochada-barroca que caracteriza la urbe.

El peso del trasnoche, cachai la volá.

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